Este femicidio no solo dejó una familia destrozada. Dejó, también, una herida social profunda.
Y dejó un miedo nuevo. Un miedo que muchas familias tandilenses sienten, aunque cueste admitirlo.
Yo, que tengo hijos de la edad de Mili, ya no vivo el Tandil de los carteles.
No vivo el Tandil idealizado, seguro, “de pueblo grande”, ese del que tantas veces presumimos.
Hoy siento un temor real cada vez que mis hijos quieren salir.
Me da miedo que vayan solos hasta la esquina.
Si quieren salir de noche, la condición es clara: yo los llevo y yo los traigo.
No es sobrecontrol; es supervivencia. Es el instinto de proteger lo que más se ama en un contexto donde la violencia se volvió demasiado cercana.
Como pasa en tantos barrios, nos cuidamos entre vecinos.
Y también nos cuidamos entre padres: compartimos ubicaciones, charlas nocturnas, advertencias, ruegos silenciosos de “avisame cuando llegues”.
Vivimos con la utopía —o la esperanza— de tener una ciudad más segura, una ciudad que no nos obligue a lamentar nombres que deberían estar vivos.
Sigo creyendo, quizá por necesidad, que no me voy a arrepentir de haber elegido Tandil para criar a mis hijos.
Pero hoy esa fe tambalea.
Y tambalea porque historias como la de Mili nos recuerdan que ninguna comunidad está completa mientras una familia siga pidiendo justicia que no llega.
La violencia que nos golpea a todos exige una respuesta que no puede demorarse.
Por Mili.
Por su familia.
Por todas las que ya no están.
Por los hijos que hoy cuidamos con miedo, esperando que un día vuelvan a caminar libres por la ciudad que alguna vez soñamos.
Laly Gonzalez
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