REFLEXION DE LA EDITORA: La educación comienza en casa. La escuela la continúa…

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La imagen duele. Impacta. Indigna.

El rostro del profesor Gastón Valdés, con un ojo completamente inflamado y el cuerpo marcado por la violencia, es mucho más que la consecuencia de una agresión física. Es el reflejo de una sociedad que hace tiempo viene perdiendo algo mucho más importante que la autoridad: el respeto.

Tengo 52 años y pertenezco a una generación en la que los docentes y los policías eran figuras que inspiraban admiración, autoridad y un profundo respeto. No hablo de miedo. Hablo de reconocer límites, de entender que había personas que estaban para educarnos, guiarnos y ayudarnos a crecer.

Hoy pareciera que esos límites desaparecieron.

Un alumno de apenas 15 años golpeó a un profesor hasta dejarlo inconsciente. Y la pregunta ya no debería ser solamente qué pasó dentro de la escuela. La pregunta es qué pasó antes. Qué pasó en la casa. Qué pasó con los valores. Qué pasó con la educación que se transmite cuando se apaga el celular, cuando se cierra la puerta del hogar y cuando nadie está mirando.

Porque la escuela puede enseñar matemática, historia o literatura. Pero el respeto, la empatía y los límites se aprenden primero en casa.

Y sí, también me pongo en el lugar de esos padres. Porque detrás de cada hecho de violencia hay una familia que seguramente hoy también está atravesando un dolor inmenso. Tener un hijo involucrado en un hecho tan grave no puede ser motivo de orgullo para nadie. Al contrario, debería ser una señal de alarma que obligue a reflexionar.

Vivimos tiempos donde muchas veces se confunde libertad con ausencia de límites. Donde algunos adolescentes creen que pueden hacer lo que quieren, cuando quieren y contra quien quieren. Donde el dinero, la posición social o ciertos privilegios parecen transformarse en permisos encubiertos para desafiar normas que deberían ser iguales para todos.

Y mientras discutimos protocolos, reglamentos y tecnicismos, un docente terminó en una cama de hospital.

Algo está fallando.

Nadie está pidiendo violencia para combatir la violencia. Nadie está proponiendo volver a épocas oscuras. Pero sí es momento de recuperar algo que parece haberse perdido: la firmeza. La autoridad bien entendida. La consecuencia frente a los actos. El mensaje claro de que ciertas conductas tienen límites y que esos límites no se negocian.

Porque cuando un profesor termina golpeado por un alumno, pierde el docente. Pierde la escuela. Pierde la familia. Y perdemos todos como sociedad.

Mi solidaridad absoluta con Gastón Valdés, con su familia y con cada docente que cada mañana entra a un aula con la única intención de enseñar y construir un futuro mejor.

Ojalá esta imagen sirva para algo más que generar indignación por unas horas. Ojalá nos obligue a preguntarnos qué estamos haciendo como adultos para que un chico de 15 años crea que la violencia es una respuesta posible.

Porque si seguimos mirando para otro lado, la próxima foto puede ser todavía peor.

Laly González
Parva de Noticias


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